Rafael Acosta de Arriba | Los fantasmas viven y sobreviven en las imágenes

El retrato en la pintura alimentó y recreó desde siempre a la Historia (así, con mayúsculas). El impulso de sustituir un cuerpo o un rostro por una imagen está muy cerca de los orígenes de la creación artística, como apuntó tempranamente el especialista León Battista Alberti a inicios del siglo XV. Retratar era una forma de unir una imagen a su contexto.
Con la práctica del retrato en el Renacimiento comenzó a establecerse el status de los iconos en la Edad Moderna, convirtiéndose en una tradición y confiriéndole a la pintura no solo una temática atractiva sino un papel secular. Ningún otro género pictórico de aquella gran época para el arte ofreció más libertad y respondió menos a pautas preestablecidas, tanto para el artista como para el retratado. De ahí su extraordinaria variedad tipológica y conceptual. Sin dudas, Abel Herrero ha bebido de aquella experiencia tan influyente para el arte moderno y contemporáneo.
En esta exposición coinciden dos propósitos principales. Por una parte, mostrar nuevamente en Cuba el arte de Herrero y, por la otra, plantear una reivindicación en el tiempo de un grupo de hombres que por motivos de diversa naturaleza quedaron relegados en una zona de sombra de la historia y que permanecieron hasta tiempos recientes en el anonimato total. Recientemente, estas figuras comienzan a encontrar la posición que merecen dentro del rico panorama cultural y literario ruso. Algunas de ellas han sido reconocidas posteriormente como voces fundamentales de la poesía de su país y han sido colocadas en el panteón literario de la nación, razón por la cual han sido reexaminados los criterios estéticos y formales que definen la literatura y la poesía de ese país; tan importantes e influyentes son sus voces hasta ahora silenciadas. Al hacer coincidir ambas tentativas, la estética y la histórica, surge, como vínculo entre las mismas, el retrato como expresión de las artes visuales y el concepto del fantasma del modelo retratado, idea que motiva y alimenta estéticamente los cuadros de “Ausencia-Irreverencia”.
Con anterioridad, en 2009, Herrero realizó una extensa muestra personal en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales de La Habana, titulada “Observatorio”, la que se destacó por el aliento surrealista de sus cuadros e instalaciones y por la sugerente propuesta temática que la inspiró. La crítica de arte nacional reseñó satisfactoriamente la exposición.
El artista ha utilizado una técnica de extrañamiento en los rostros de esta serie, de manera que estos retratos resulten fantasmales o irreales para cualquier observador, aún para el no entrenado. Los retratos se concentran en los rostros de los personajes, así se eliminan otros atributos corporales con la intención expresa de dejar fuera de la visualidad elementos retóricos que provoquen una dispersión de la atención. Nada más que sus caras, donde reside la identidad.
Herrero plantea con estos retratos una suerte de juego ilusionista o efectista que proyecta al retratado más allá del plano pictórico, casi llegando al borde de la anamorfosis. Cada uno de estos cuadros ha sido elaborado sobre una imagen fiel del personaje, sin embargo, la niebla fantasmal que los recubre los transporta a una dimensión nueva. El Yo individual (es decir, lo caracterológico) resulta la base para la “ficción” o la ilusión de los personajes. En estas piezas el gesto ha sido anulado y la imagen se soporta sobre el conocimiento previo que poseemos del drama personal de cada uno de los retratados, los que, en vez de mirar al artista que les dio vida plástica, parecen mirar o buscar la mirada de los espectadores, ahí radica el engañoso poder icónico o paratextual de la serie. Son, pero no lo son; son sus propios fantasmas.
La pintura de esta serie es de esencia minimalista, y el propio artista nos sugiere: “Como es típico en mi trabajo procedo por sustracción, el color usado es solo el negro de humo. Las gamas de grises y el blanco son obtenidos por sustracción. El blanco es el blanco de la tela. Aún tratándose de una pintura figurativa, es una pintura rápida y gestual”. No pretende pues Herrero mayores complicaciones técnicas, la expresividad de los rostros debe contener la tragedia de sus existencias como víctimas que fueron de los campos de concentración, la humillación, el descrédito y las torturas que sufrieron por sus obras y sus ideas entre 1936 y 1940, el peor período de la represión paranoica y criminal de Stalin en la ya desaparecida URSS.
Herrero no violenta el compromiso primordial de la retratística: el parecido como garantía de veracidad. Para él, este margen de autenticidad es esencial, pero llegando hasta ese borde; a partir del mismo se levanta la capacidad fantasmal de la imagen pretendida por el artista. Así, el conjunto de dieciséis retratos opera como un concierto de imágenes brumosas que parecen acusar o denunciar la oscuridad de la época en que fueron considerados “criminales” o “enemigos”, encarcelados, torturados y asesinados.
Como expresé más arriba, con “Removed” Herrero ha querido reivindicar a importantes figuras del pensamiento, las ciencias y las letras rusas censuradas y eliminadas físicamente durante le etapa más terrible de la represión estalinista en la antigua URSS. Nombres como Osip Mandelstam, Anna Ajmatova, Isaac Babel, Pavel Florenskij y Nikolai Gumilev, entre otros, aparecen en este despliegue icónico a partir del tratamiento de retratos que Herrero ha realizado de sus imágenes más conocidas. Estos hombres y mujeres pertenecen a lo mejor de la tradición literaria y científica rusa, a lo más granado de su inteligencia, y fueron torturados, asesinados y/o desparecidos en el momento en que las fuerzas más retrógradas de su país elaboraron las más extremas estrategias para eliminar todo pensamiento crítico o autónomo, cualquier disenso.
Es interesante y curioso advertir la gran parábola histórica que se cumple con esta muestra: el icono, base de las imágenes antropológicas, alude a misterios teológicos y fue legitimado en la cultura humana por el poder religioso; que estos hombres y mujeres, a su vez, fueron víctimas del momento en que Stalin, con olor a santidad, le confirió a su sistema represivo una visión religiosa y sacrificial del proceso emancipador que el bolchevismo había iniciado como genuina revolución marxista, permite detectar dicha coincidencia. Al final, lo “religioso” estaliniano se tragó a los hombres (y a la revolución), pero sus imágenes y obras quedaron intactas para la posteridad. Para Abel Herrero es una prueba más de su destreza pictórica y la plasmación de una idea cardinal al rendir homenaje a tales figuras de la intelectualidad y las ciencias soviéticas desde su arte visual.
Que esta muestra se realice en el año del centenario de la Revolución de Octubre de 1917 encierra una connotación particular y que su espacio expositivo sea la galería “El reino de este mundo”, de la Biblioteca Nacional José Martí, el templo del libro y el saber, tiene el valor añadido de que todos estos personajes fueron hombres del conocimiento y la ilustración, de la investigación, las ideas y la escritura. Ningún lugar mejor para esta exposición. Sus textos y sus palabras, operan como cicatrices abiertas en la cultura de su país y en la universal.

2018-05-17T16:42:09+00:00